Llegué a Santa Marta al borde del atardecer pensando en ciudades perdidas y en la Cartagena que atrás dejé. Al siguiente día, partía hacia la sierra. Dormí una noche hinchada de sueños, entre nanas de un ventilador que regaba la pieza con pedazitos de techo. En la mañana montamos la colorida chiva. Fueron cinco días de caminar en la más completa humedad, bañándonos en ríos y comiendo rica piña y patilla (sandia). No podía ni quería evitar quedarme atrás del grupo, embriagado por el carrusel de verdes y curioseando cantos entre la maleza. Allá no me valían las competiciones por llegar primero. Las tardes se prolongaban en el balanceo de uno de los mejores inventos de la humanidad. Hamacas donde descansábamos bajo cielos velados que no descubrían la luna hasta la madrugada. En el tercer día atravesamos el río varias veces y llegamos al pie de las pronunciadas escaleras. Allí llegó la lluvia. La primera visión de una ciudad abandonada y luego saqueada, fue bajo hojas de plátano. Ruinas circulares, sugerencia de otros tiempos. Llegar al campamento, tomar un chocolate caliente y cambiarme de ropas. Sublime sencillez, que poco necesitamos.

Y regresamos, llenos de una antigüedad imaginada, del saber cotidiano de los guías, de esos encuentros esquivos con los recelosos Koguis y de picadas de mosquitos, jejenes, zancudos y hasta garrapatas. Llegar a una cama, a una ducha, alivio para animales demasiado domesticados ya. Fueron días luego de descanso, de reponerse, de decidir en esa libertad de viajero hacia donde seguir. Llegó una rumba, se armó en la noche de Taganga, a 15 minutos en buseta. Sal si puedes, la llaman. Hay momentos en que uno siente que tiene que abrirse. Lo sentí, demasiado ruido en mi cabeza. A San Gil, de una.
San Gil, pueblito entre cerros, hogar de rapaces que devoran los restos del día de mercado. Una pequeña casita, entre mandarinos y mangos, en la inmensa riqueza de vivir sin más ruido que los animales y el viento que traduce las voces vegetales. Explosiones de creatividad. Y en el silencio supe que tenía que volver, cosas a medias quizá.
De nuevo Miramar. Antiguo hostal de mas de treinta años, hogar transitorio de toda clase de vagabundos. Con esa terraza sin vistas a nada, ni al mar ni a la calle. Esa terraza que ardía en la mañana y alivianaba las noches, que me regalo atardeceres de oro. Cuantos ratos de tertulia, con el viejo y todos los que por un rato nos encontrábamos allá. Escuchar filosofías no escritas, sabidurías de la calle, filosofías nos escritas, de vivir la vida sin restricciones inventadas. "La vida es para vivirla, no para encerrarla entre dos paredes". Y en cualquier momento aparecía Tina. La muda la llamaban. También era sorda. Con esa mujer comprendí que si uno calla es porque quiere. En su discurso prolongado de gestos y balbuceos fuí entendiendo más y más. Las anécdotas que explicaba, lo sorprendente de sus percepciones.
Y el día era bien caliente en St Marta, rabioso el picar de mosquitos, imposible levantarse temprano. Salir de la pieza y buscar el juguito fresco. "Todo bien?" "Gallego del orto" Venirse tan lejos de casa para encontrarse con unos hermanos. Encuentros en el entramado de la enigmática casualidad. En esos ratos aprendimos que "camarón que se mueve, se lo lleva la corriente", viendo desfilar bellezas de todas las latitudes. Cartas de amor no correspondidas, mujeres persiguiendo hombres, y estrategias de amor entre risas de niños mayores.
Lento apresuramiento de la costa samaria. El calor parece dormir tu prisa, invitar seductor de contínuo al descanso. Las pocas salidas en el día eran para comprar en el mercado, tomar el jugo donde las naranjas "gracias, mi amor". Cruzar la 10 en el día. Los niños del basuko que en la noche caminaban como almas atormentadas, dormían en el día sueños convulsos. Las prostitutas amanecían tarde, pero la música y sus parlantes eran tempraneras. Quién nunca duerme es la belleza costeña.
De las muchas noches una hubo fiesta grande. Era el cumpleaños del dueño, Jairo. Y el que fuera portero, Germán, en su ebriedad nos regaló un repertorio de personajes y voces. En otra noche, apareció un gato, tenza llorón. Demente lo bautizamos y ya no se despegó de la azotea mendigando comida y mimo. "El rebusque", asi le llaman en colombia, el mismo que se ve en la calle con los diferentes trabajos para conseguir una platica pues. Así descubrí una nueva dimensión de la generosidad, que no cuesta nada dejar caer unas monedas, a lo bacano.
Y uno se va aferrando a la costa, a las cosas inverosímiles que ocurren, a los deseos q se cumplen, a las rumbas severamente intensas que se ven ya venir. Viernes y sábado, prenden los parlantes, suena vallenato, reaggeton, cumbia, salsa... Las mujeres se arreglan chevere, se pasan botellas de ron, aguardiente y chicha, las risas se hacen más y más grandes.
Y el Velero del Amor en la bahía, abre tarde para los marineros que tienen unas horas para un consuelo fugaz. Y entran en el ciber, haciendo sus llamadas, con esas mujeres arregladas. Uno piensa que asi son todas en Colombia, pero no es así papá. Las colombianas son el amor hecho tacto y verbo. Igual los colombianos. Papi, mami, rey, reina, mamasita, mi amor, mi vida...Y el ritmo tatuado dinámico en el cuerpo. Así es la costa. Pero otra vez llegó la hora de partir, de cargar la soledad a cuestas, de sacar las raíces, de dejar a los hermanos rápido para no llorar.

Miguel Luna, Colombia, Julio 2009
San Gil, pueblito entre cerros, hogar de rapaces que devoran los restos del día de mercado. Una pequeña casita, entre mandarinos y mangos, en la inmensa riqueza de vivir sin más ruido que los animales y el viento que traduce las voces vegetales. Explosiones de creatividad. Y en el silencio supe que tenía que volver, cosas a medias quizá.
De nuevo Miramar. Antiguo hostal de mas de treinta años, hogar transitorio de toda clase de vagabundos. Con esa terraza sin vistas a nada, ni al mar ni a la calle. Esa terraza que ardía en la mañana y alivianaba las noches, que me regalo atardeceres de oro. Cuantos ratos de tertulia, con el viejo y todos los que por un rato nos encontrábamos allá. Escuchar filosofías no escritas, sabidurías de la calle, filosofías nos escritas, de vivir la vida sin restricciones inventadas. "La vida es para vivirla, no para encerrarla entre dos paredes". Y en cualquier momento aparecía Tina. La muda la llamaban. También era sorda. Con esa mujer comprendí que si uno calla es porque quiere. En su discurso prolongado de gestos y balbuceos fuí entendiendo más y más. Las anécdotas que explicaba, lo sorprendente de sus percepciones.
Y el día era bien caliente en St Marta, rabioso el picar de mosquitos, imposible levantarse temprano. Salir de la pieza y buscar el juguito fresco. "Todo bien?" "Gallego del orto" Venirse tan lejos de casa para encontrarse con unos hermanos. Encuentros en el entramado de la enigmática casualidad. En esos ratos aprendimos que "camarón que se mueve, se lo lleva la corriente", viendo desfilar bellezas de todas las latitudes. Cartas de amor no correspondidas, mujeres persiguiendo hombres, y estrategias de amor entre risas de niños mayores.
Lento apresuramiento de la costa samaria. El calor parece dormir tu prisa, invitar seductor de contínuo al descanso. Las pocas salidas en el día eran para comprar en el mercado, tomar el jugo donde las naranjas "gracias, mi amor". Cruzar la 10 en el día. Los niños del basuko que en la noche caminaban como almas atormentadas, dormían en el día sueños convulsos. Las prostitutas amanecían tarde, pero la música y sus parlantes eran tempraneras. Quién nunca duerme es la belleza costeña.
De las muchas noches una hubo fiesta grande. Era el cumpleaños del dueño, Jairo. Y el que fuera portero, Germán, en su ebriedad nos regaló un repertorio de personajes y voces. En otra noche, apareció un gato, tenza llorón. Demente lo bautizamos y ya no se despegó de la azotea mendigando comida y mimo. "El rebusque", asi le llaman en colombia, el mismo que se ve en la calle con los diferentes trabajos para conseguir una platica pues. Así descubrí una nueva dimensión de la generosidad, que no cuesta nada dejar caer unas monedas, a lo bacano.
Y uno se va aferrando a la costa, a las cosas inverosímiles que ocurren, a los deseos q se cumplen, a las rumbas severamente intensas que se ven ya venir. Viernes y sábado, prenden los parlantes, suena vallenato, reaggeton, cumbia, salsa... Las mujeres se arreglan chevere, se pasan botellas de ron, aguardiente y chicha, las risas se hacen más y más grandes.
Y el Velero del Amor en la bahía, abre tarde para los marineros que tienen unas horas para un consuelo fugaz. Y entran en el ciber, haciendo sus llamadas, con esas mujeres arregladas. Uno piensa que asi son todas en Colombia, pero no es así papá. Las colombianas son el amor hecho tacto y verbo. Igual los colombianos. Papi, mami, rey, reina, mamasita, mi amor, mi vida...Y el ritmo tatuado dinámico en el cuerpo. Así es la costa. Pero otra vez llegó la hora de partir, de cargar la soledad a cuestas, de sacar las raíces, de dejar a los hermanos rápido para no llorar.
Miguel Luna, Colombia, Julio 2009
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